Luego de estar más de un mes navegando por el vasto océano, llegue a la orilla de esa isla que buscaba y que no aparecía en mapas.
Pese a el largo viaje, a los torbellino y las olas que casi me dejan varado en el agua, la orilla estaba cubierta de una muralla interminable y larga.
Se escucha ruido y sonidos del otro lado, hay vida, pero no hay forma de subir la muralla ya que no tengo equipamiento, y si lo tuviese las alturas nunca fueron mi fuerte.
No hay peldaños, no hay forma de sujetarse, ni huecos, la pared es lisa y tan alta como las nubes.
Quizás deben abrirlas del otro lado, quizás hay un mecanismo que las baje hacia la arena, porque de este lado es imposible.
Y en este caso sí hay imposibles porque no es algo que dependa de mi.
La isla de donde vengo se hundió. No tengo donde ir por las cercanías. Bueno, tengo donde pero es la isla distante que dejé antes de empezar este nuevo viaje a tierras extrañas.
Así que no queda otra cosa que hacer que bordear la isla, a ver si encuentro alguna forma de entrar, o si en el recorrido encuentro alguna pista.
No tengo planeado buscar otra isla, pero si el tiempo lo amerita no queda otra cosa que hacer. No quiero pensar eso igual.
Ya es de noche. Y tengo sueño, voy a salir a pescar por provisiones. No queda otra cosa que esperar que las murallas bajen, o mejor dicho que el ser que habita la isla baje las paredes gigantes.

0 cosas para decir:
Publicar un comentario