Un hueco, un remolino de ideas, de llanto y de desconcierto en el. Ahí adentro.
El se sentía así, confundido. Aullaba a la luna cumpliendo su papel de cánido, de lobo solitario.
Pero en secreto, conservaba esa cosa muy suya que lo diferenciaba del resto, podía hablar con las plantas.
Si, increíblemente era amigo de las flores, de los ocres, de las praderas y de todo verde que pisaba.
Era costumbre alejarse de la manada y hablar con algún rosal, con alguna semilla.
Era increíble...Un día de noche estrellada, el lobo conoció los ojos más hermosos que vio en su vida, unos ojos de fuego que le iluminaban el alma y lo hacían aullar mas fuer
te, tan fuerte como el latir de su corazón.
Pero (siempre existe el pero) esos ojos eran de los problemas, del sol, del climax y del viento, del todo menos suyos.
Las hojas le daban consejos. Le daban augurios y fe.
Pero nada servía con su timidez. Ese demonio interno, que no le dejaba ver sus pasos.
Era hora de que deje ese temor atrás... Era hora de sumergirse dentro de la realidad y no se ahogue en si mismo.
Hablo, se animó, ella le respondió, ella lo amo. Pero perdió su don de hablar con la naturaleza. Se vendió al amor, dejo lo verde, dejo la paz. El amor lo ahogo también, pero esta vez no había vuelta atrás... estaba atado por las arterias. Atado a ese bombeo continuo. A ese impulso rojo llamado amor.
El se sentía así, confundido. Aullaba a la luna cumpliendo su papel de cánido, de lobo solitario.
Pero en secreto, conservaba esa cosa muy suya que lo diferenciaba del resto, podía hablar con las plantas.
Si, increíblemente era amigo de las flores, de los ocres, de las praderas y de todo verde que pisaba.
Era costumbre alejarse de la manada y hablar con algún rosal, con alguna semilla.
Era increíble...Un día de noche estrellada, el lobo conoció los ojos más hermosos que vio en su vida, unos ojos de fuego que le iluminaban el alma y lo hacían aullar mas fuer
te, tan fuerte como el latir de su corazón.Pero (siempre existe el pero) esos ojos eran de los problemas, del sol, del climax y del viento, del todo menos suyos.
Las hojas le daban consejos. Le daban augurios y fe.
Pero nada servía con su timidez. Ese demonio interno, que no le dejaba ver sus pasos.
Era hora de que deje ese temor atrás... Era hora de sumergirse dentro de la realidad y no se ahogue en si mismo.
Hablo, se animó, ella le respondió, ella lo amo. Pero perdió su don de hablar con la naturaleza. Se vendió al amor, dejo lo verde, dejo la paz. El amor lo ahogo también, pero esta vez no había vuelta atrás... estaba atado por las arterias. Atado a ese bombeo continuo. A ese impulso rojo llamado amor.

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